Experiencias estéticas y fenomenología
Veía
todo el tumulto pasar, la calle San Gregoriano hervía a son de hojas
primaverales, veía también a todas las gentes en sus apasionados trabajos de
medias luces y sus intrépidos oficios de medias noches. Estaba junto a los
ladrillos grises que triunfaban a lo lejos en el palacio de Le Breés, al igual
que sus compañeros, estaba en el escalofriante trabajo de observador. Allí
pasaba el día y la noche, como un filo verde. Allí estaba tan siempre, con sus
adoquines pequeños y su color gris en la cara. Todos los días veía pasar entre
caminos suntuosos al herrero con los pesados hierros en la espalda, o mejor, a
la dichosa Cley con sus iconos plásticos de vajillas que vendía en la plaza. Al
niño que pronto sería un hombre, al guardia del comedor real que coqueteaba con
versos retorcidos a la joven de los pasteles, o mejor, su amigo más fiel. El
perro del marqués que siempre huía despavorido del palacio. Siempre o casi
siempre, se enamoraba con el aroma de su igual, la traían jóvenes siervos a la
reina, ella le ayudaba en los más inhóspitos oficios de aseo, la limpiaba cada
vez, pero preciso, cuando se abarcaba su entrada, ella siempre lograba
enamorarlo entre el pasar del viento, y su rostro gris de día, se tornaba a un
amarillento porque lo sonrojaba inéditamente su mirada. Pasaron muchos años
después, y era el mismo con el rostro
gris, para entonces su edad era de unos 80 años, seguía con la cara gris y ya
observaba el funeral a lo lejos de Cley y el herrero muerto, en un accidente de
calaveras de plaza. El niño se hizo hombre y él hizo otros niños, la mujer de
los pasteles quedó viuda por las guerras napoleónicas. Todo había cambiado. Allí, luego de tanto, aguantó cada una de las
sinceras revoluciones, luchó contra los hombres más mordaces y cantó revolución
con cada uno de ellos, además de que su cara tuvo que ser reparada con un rayo
improvisado de un desalmado que quiso enfrentarlo. Luego de tanto, pensaba de
ver tantos hombres y mujeres, de ver cómo sacaban a la basura a su eterna
enamorada, de ver la vida de tanto, después de tanto, volvía a pensar. Por fin,
por fin, era la hora de comenzar a vivir.
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| Tomado de hdfondos.eu |
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