miércoles, 29 de noviembre de 2017

Repeticiones

Yo estaba al lado de la palma donde sólo olía miel y veía insectos. Allí abajo había otro hombre, estaba al lado de una palma, olía a miel y veía insectos.
Allí estaban dos hombres, veían a un hombre al lado de una palma, oliendo a miel y viendo insectos.
Formas plurales que se multiplican en tres patrias ganadas, con sus propios puentes, con sus propias batallas y sus propias banderas.
Yo estaba alcanzando tres manzanas, mientras el de abajo alcanzaba también tres manzanas. Aquellos hombres que alcanzaban manzanas, veían un hombre alcanzando tres manzanas, ya no eran propios los puentes, ya no eran propias las batallas y ya no eran propias las banderas.
Los dos hombres que veían al hombre, se dieron cuenta que aquel en un intento por prender una fogata, se había quemado el brazo derecho y ambos, los de arriba, tenían los derechos lacerados.
Yo, intenté echarme agua y calmar el dolor de una noche de septiembre, mientras veía al otro en una noche de octubre, y ambos hombres veían al de abajo, en una noche iluminada de enero.
Una tarde de miércoles en la cual yo veía el tercero, no estaba el otro. El otro había muerto. Lo sé porque el tercero, el que veía a ambos, estaba desmayándose al lado de la palma, que ya no olía a miel y no habían insectos porque estaba la muerte, y lo sé, porque yo también me estoy muriendo. Sólo se oyó un sonido, mientras yo gradualmente me despertaba entre el clamor del bebé que estaba sentado en frente mío y la muchacha dispar que creía leer la montaña mágica de Thomas Mann.



Lo siniestro

“Sin necesidad de detenerse, por pequeños lapsos de infinitos, minuciosos recuerdos llegan a la mente de quien los recrea” A.k.A

Desde el interior, mil voces que aguardan inmortales esperas… y una esencia, tan distintiva, que da el máximo valor para dar pie al resto del cuerpo. Un cuerpo tímido que esconde mil incógnitas, tristezas y esperanzas.

Todo un inalcanzable goce de experiencias e intimidades...

Todo tan insoluble, sacro e imperfecto que reúne la cotidianidad de un individuo.



Tomado de slash-board.com

Experiencias estéticas y fenomenología

Veía todo el tumulto pasar, la calle San Gregoriano hervía a son de hojas primaverales, veía también a todas las gentes en sus apasionados trabajos de medias luces y sus intrépidos oficios de medias noches. Estaba junto a los ladrillos grises que triunfaban a lo lejos en el palacio de Le Breés, al igual que sus compañeros, estaba en el escalofriante trabajo de observador. Allí pasaba el día y la noche, como un filo verde. Allí estaba tan siempre, con sus adoquines pequeños y su color gris en la cara. Todos los días veía pasar entre caminos suntuosos al herrero con los pesados hierros en la espalda, o mejor, a la dichosa Cley con sus iconos plásticos de vajillas que vendía en la plaza. Al niño que pronto sería un hombre, al guardia del comedor real que coqueteaba con versos retorcidos a la joven de los pasteles, o mejor, su amigo más fiel. El perro del marqués que siempre huía despavorido del palacio. Siempre o casi siempre, se enamoraba con el aroma de su igual, la traían jóvenes siervos a la reina, ella le ayudaba en los más inhóspitos oficios de aseo, la limpiaba cada vez, pero preciso, cuando se abarcaba su entrada, ella siempre lograba enamorarlo entre el pasar del viento, y su rostro gris de día, se tornaba a un amarillento porque lo sonrojaba inéditamente su mirada. Pasaron muchos años después,  y era el mismo con el rostro gris, para entonces su edad era de unos 80 años, seguía con la cara gris y ya observaba el funeral a lo lejos de Cley y el herrero muerto, en un accidente de calaveras de plaza. El niño se hizo hombre y él hizo otros niños, la mujer de los pasteles quedó viuda por las guerras napoleónicas. Todo había cambiado.  Allí, luego de tanto, aguantó cada una de las sinceras revoluciones, luchó contra los hombres más mordaces y cantó revolución con cada uno de ellos, además de que su cara tuvo que ser reparada con un rayo improvisado de un desalmado que quiso enfrentarlo. Luego de tanto, pensaba de ver tantos hombres y mujeres, de ver cómo sacaban a la basura a su eterna enamorada, de ver la vida de tanto, después de tanto, volvía a pensar. Por fin, por fin, era la hora de comenzar a vivir. 



Tomado de hdfondos.eu

El cajón



Los recuerdos son pequeñas amonestaciones que invaden la realidad, penetran en lo más profundo del alma, la acecha, la invade, se adueña y perdura constantemente en pequeños lapsos eternos.

Tomado de fotolog.com


Dentro de sí mismo, varios cajones con aires desprovistos y funestos. Una guardilla saturada de remembranzas y nostalgias, una hendidura sombría que prevalece y se encarna en el alma.

martes, 28 de noviembre de 2017

Lector

"Ese otro que también me habita,
acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos,
ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel,
ese otro que está solo siempre que estoy solo, ave o demonio
esa sombra de piedra que ha crecido en mi adentro y en mi afuera,
eco o palabra, esa voz que responde cuando me preguntan algo,
el dueño de mi embrollo, el pesimista y el melancólico y el inmotivadamente alegre,
ese otro,
también te ama"

Dario Jaramillo Agudelo

Tomado de Pinterest.co

El personaje

Yo lo encerré en su encrucijada, lo llevé a los laberintos inigualables de la vida, lo entretejí sinceramente con una mujer de esas que saben darle la vuelta al mundo. A ese fulano, yo lo encomendé en una botella al mar, hice que le sucediera todos los días y las noches, hice que nunca me gritara ¡Revolución!  y lo fui  tejiendo tan noble como un espejo de verano que se recorre toda su vida sentado como un observador en la sala. Ese, lo quise mandar hasta la Patagonia, sin antes que probara la vida, sin antes que sufriera del amor, el amor de una mujer cualesquiera pero que  lo tenía que herir como Matilde me hirió. Yo tenía que llevarlo al olvido, al dolor, al abismo, a los providenciales brazos del silencio, a recordarla, a llorar como la tarde de abril cuando me senté sin más en un plaza y vi pasar a Matilde con sus indecentes caderas y las flores grandes de los hombres de las cuatro menos cuarto, de mi flores ahora que recuerdo. La última vez que la saludé ya era de otro, su mano se balanceó tan triste que alcanzo a sentir el olor frio con mi codo. Pero Matilde ya no es mía, ahora está con él, los vi abrazados una noche decembrina, exactamente entre hojas de sauco, mientras me dormía por el olor de la vela y me revertía entre el claro y oscuro. Eso fue a las diez con medio cuarto, y de pronto me eché a llorar como un bebé con miedo. ¿Ahí estaba? Era ella, era un espejo entre el cuadro, algo así como hizo Velásquez en las meninas, yo estaba detrás de ellos, detrás lleno de Sauco, entre glorietas de aire y concreto en la boca. Ella sacaba al aire las finezas de sus flores que se entretejía dramáticamente en las manos del otro. Yo puedo hacer que él se vaya pero no puedo. Debo hacer que él esté vivo, que siga latiendo su corazón, que sigan vertiendo aires sus pulmones, debe seguir sufriendo. Pero Matilde, mi Matilde mientras está con ese hombre ya me ha dejado a mí, me ha dejado sentado en la sensata butaca donde lloran todos los hombres, sentado como Eneas buscando a Caronte entre el mar de los muertos. Ayer no más, estaba Matilde, entre el sueño y la inspiración. Dos y medio cuarto, la vi pasar enfrente mío, un olor a libro viejo y la lejana mierda de marrano de mi infancia, estaba Matilde, tan joven con sus reflejos de niña y sus suaves manos que sostenían el aire. En ese momento se abrazaba de nuevo conmigo, se me acercó con sincera devoción, le tomé las caderas volví a apoderarme de sus flores. Ya no era la mujer de los hombres de la tarde, ya no era la mujer de los otros, era nuevamente mía, y entonces supe que estaba otra vez en el mundo. Tan solo, cerraba sus lejanos ojos, los apretaba entre sí, y colocaba su cabeza en mi pecho, "es mía" pensé, hasta cuando me apretó con tal fuerza del final del leviatán y me abrió sus ojos, encuadró su rostro en frente mío, y pronunció “Thomas”, en ese momento la solté de la cadera y de pronto se echó para atrás, como si la comiera la tierra. De pronto me di cuenta que yo era ese, el de la Patagonia, ese que debía sufrir con una mujer cualesquiera, que debía sentir el dolor, y conocer el amor, que tenía que ir hasta el olvido, al abismo, a los providenciales brazos del silencio, a recordarla, a llorarla en una tarde de abril y sentarme en una plaza y ver a una mujer llamada  Matilde con sus indecentes caderas y las flores grandes de los hombres de las cuatro menor cuarto y enamorarme de ella, de Matilde.

Tomado de aladinia.com

Bienvenidos

Esta revista se realizó con el fin de alimentar la mente de los lectores interesados en el blogger, con textos literarios de mi autoría sobre diferentes géneros.

De igual manera, el inicio de algunos textos se basan en los estudios realizados sobre Gastón Bachelard, poeta y crítico literario quien pretende brindar desde el psicoanálisis diversas categorías sobre el manifiesto del pensamiento del ser en todas sus dimensiones.

Algunos de ellos se reflejan bajo la mirada del texto "sobre héroes y tumbas", de Ernesto Sábato.

Disfruten su estadía en almasliterarios