El personaje
Yo lo encerré en su
encrucijada, lo llevé a los laberintos inigualables de la vida, lo entretejí
sinceramente con una mujer de esas que saben darle la vuelta al mundo. A ese
fulano, yo lo encomendé en una botella al mar, hice que le sucediera todos los
días y las noches, hice que nunca me gritara ¡Revolución! y lo fui
tejiendo tan noble como un espejo de verano que se recorre toda su vida
sentado como un observador en la sala. Ese, lo quise mandar hasta la Patagonia,
sin antes que probara la vida, sin antes que sufriera del amor, el amor de una mujer cualesquiera pero que lo tenía que herir como Matilde me hirió. Yo
tenía que llevarlo al olvido, al dolor, al abismo, a los providenciales brazos
del silencio, a recordarla, a llorar como la tarde de abril cuando me senté sin
más en un plaza y vi pasar a Matilde con sus indecentes caderas y las flores
grandes de los hombres de las cuatro menos cuarto, de mi flores ahora que
recuerdo. La última vez que la saludé ya era de otro, su mano se balanceó tan
triste que alcanzo a sentir el olor frio con mi codo. Pero Matilde ya no es mía,
ahora está con él, los vi abrazados una noche decembrina, exactamente entre
hojas de sauco, mientras me dormía por el olor de la vela y me revertía entre
el claro y oscuro. Eso fue a las diez con medio cuarto, y de pronto me eché a
llorar como un bebé con miedo. ¿Ahí estaba? Era ella, era un espejo entre el
cuadro, algo así como hizo Velásquez en las meninas, yo estaba detrás de ellos,
detrás lleno de Sauco, entre glorietas de aire y concreto en la boca. Ella
sacaba al aire las finezas de sus flores que se entretejía dramáticamente en
las manos del otro. Yo puedo hacer que él se vaya pero no puedo. Debo hacer que
él esté vivo, que siga latiendo su corazón, que sigan vertiendo aires sus pulmones,
debe seguir sufriendo. Pero Matilde, mi Matilde mientras está con ese hombre ya
me ha dejado a mí, me ha dejado sentado en la sensata butaca donde lloran todos
los hombres, sentado como Eneas buscando a Caronte entre el mar de los muertos.
Ayer no más, estaba Matilde, entre el sueño y la inspiración. Dos y medio
cuarto, la vi pasar enfrente mío, un olor a libro viejo y la lejana mierda de
marrano de mi infancia, estaba Matilde, tan joven con sus reflejos de niña y
sus suaves manos que sostenían el aire. En ese momento se abrazaba de nuevo
conmigo, se me acercó con sincera devoción, le tomé las caderas volví a
apoderarme de sus flores. Ya no era la mujer de los hombres de la tarde, ya no
era la mujer de los otros, era nuevamente mía, y entonces supe que estaba otra
vez en el mundo. Tan solo, cerraba sus lejanos ojos, los apretaba entre sí, y
colocaba su cabeza en mi pecho, "es mía" pensé,
hasta cuando me apretó con tal fuerza del final del leviatán y me abrió sus
ojos, encuadró su rostro en frente mío, y pronunció “Thomas”, en ese momento la solté de la cadera y de pronto se echó
para atrás, como si la comiera la tierra. De pronto me di cuenta que yo era
ese, el de la Patagonia, ese que debía sufrir con una mujer cualesquiera, que
debía sentir el dolor, y conocer el amor, que tenía que ir hasta el olvido, al
abismo, a los providenciales brazos del silencio, a recordarla, a llorarla en
una tarde de abril y sentarme en una plaza y ver a una mujer llamada Matilde con sus indecentes caderas y las
flores grandes de los hombres de las cuatro menor cuarto y enamorarme de ella,
de Matilde.
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| Tomado de aladinia.com |
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