martes, 28 de noviembre de 2017

El personaje

Yo lo encerré en su encrucijada, lo llevé a los laberintos inigualables de la vida, lo entretejí sinceramente con una mujer de esas que saben darle la vuelta al mundo. A ese fulano, yo lo encomendé en una botella al mar, hice que le sucediera todos los días y las noches, hice que nunca me gritara ¡Revolución!  y lo fui  tejiendo tan noble como un espejo de verano que se recorre toda su vida sentado como un observador en la sala. Ese, lo quise mandar hasta la Patagonia, sin antes que probara la vida, sin antes que sufriera del amor, el amor de una mujer cualesquiera pero que  lo tenía que herir como Matilde me hirió. Yo tenía que llevarlo al olvido, al dolor, al abismo, a los providenciales brazos del silencio, a recordarla, a llorar como la tarde de abril cuando me senté sin más en un plaza y vi pasar a Matilde con sus indecentes caderas y las flores grandes de los hombres de las cuatro menos cuarto, de mi flores ahora que recuerdo. La última vez que la saludé ya era de otro, su mano se balanceó tan triste que alcanzo a sentir el olor frio con mi codo. Pero Matilde ya no es mía, ahora está con él, los vi abrazados una noche decembrina, exactamente entre hojas de sauco, mientras me dormía por el olor de la vela y me revertía entre el claro y oscuro. Eso fue a las diez con medio cuarto, y de pronto me eché a llorar como un bebé con miedo. ¿Ahí estaba? Era ella, era un espejo entre el cuadro, algo así como hizo Velásquez en las meninas, yo estaba detrás de ellos, detrás lleno de Sauco, entre glorietas de aire y concreto en la boca. Ella sacaba al aire las finezas de sus flores que se entretejía dramáticamente en las manos del otro. Yo puedo hacer que él se vaya pero no puedo. Debo hacer que él esté vivo, que siga latiendo su corazón, que sigan vertiendo aires sus pulmones, debe seguir sufriendo. Pero Matilde, mi Matilde mientras está con ese hombre ya me ha dejado a mí, me ha dejado sentado en la sensata butaca donde lloran todos los hombres, sentado como Eneas buscando a Caronte entre el mar de los muertos. Ayer no más, estaba Matilde, entre el sueño y la inspiración. Dos y medio cuarto, la vi pasar enfrente mío, un olor a libro viejo y la lejana mierda de marrano de mi infancia, estaba Matilde, tan joven con sus reflejos de niña y sus suaves manos que sostenían el aire. En ese momento se abrazaba de nuevo conmigo, se me acercó con sincera devoción, le tomé las caderas volví a apoderarme de sus flores. Ya no era la mujer de los hombres de la tarde, ya no era la mujer de los otros, era nuevamente mía, y entonces supe que estaba otra vez en el mundo. Tan solo, cerraba sus lejanos ojos, los apretaba entre sí, y colocaba su cabeza en mi pecho, "es mía" pensé, hasta cuando me apretó con tal fuerza del final del leviatán y me abrió sus ojos, encuadró su rostro en frente mío, y pronunció “Thomas”, en ese momento la solté de la cadera y de pronto se echó para atrás, como si la comiera la tierra. De pronto me di cuenta que yo era ese, el de la Patagonia, ese que debía sufrir con una mujer cualesquiera, que debía sentir el dolor, y conocer el amor, que tenía que ir hasta el olvido, al abismo, a los providenciales brazos del silencio, a recordarla, a llorarla en una tarde de abril y sentarme en una plaza y ver a una mujer llamada  Matilde con sus indecentes caderas y las flores grandes de los hombres de las cuatro menor cuarto y enamorarme de ella, de Matilde.

Tomado de aladinia.com

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