La historia es inconmensurable y ha dejado rastros de lugares mágicos que hoy en día son el refugio de aquellos que se ven inmersos en los oscuros límites de la imaginación. Hay momentos de la historia que podemos recordar y que están escritos en los libros más antiguos, y otros, que se perdieron en la memoria de los que jamás se mostraron al mundo, lugares maravillosos y personajes importantes, se convirtieron en simples leyendas. Este fue el caso del pequeño poblado de Helam, un lugar ubicado en los espacios menos recorridos por el hombre, y de una organización tan estructurada que se podía observar la paz desde los tiempos de su fundación.
Bastián, ocupaba un lugar especial en el poblado, pues, pertenecía al linaje de una de las familias que gobernaron el reino durante 800 años. Sus dictámenes en el condado, reestablecían la tranquilidad de las personas, pues la filosofía del pueblo se basaba en la libertad, la paz y las oportunidades económicas.
En un pequeño castillo ubicado en lo más alto del pueblo, habitaba una doncella que también regía el reino. Sus largos y abombados vestidos le daban prestigio e infundía respeto al pueblo. Los padres de la doncella, anteriores reyes, le habían llamado Annya. Una joven pelirroja que llevaba su melena hasta el suelo, dándole vitalidad y fuerza a un rostro seguro sin muestra de sufrimientos y dolor. Ella hacía parte de otra familia que gobernaba junto a la línea del rey Bastián, pero no era frecuente que se reunieran ella y el rey para tratar asuntos del reino.
Todas las mañanas, el rey observaba la vida desmesurada y serena del río, en los límites del reino. Su rostro y su conducta demostraba la vida genuina de un pequeño infante, quien libre de toda corrupción traía la armonía que no era observable en otros rincones del mundo. Ahí, en ese punto y siempre de manera imprevista, se encontraban con Annya, quien habitaba en el otro lado del río. Se cruzaban miradas y una veneración de cada uno, demostraba el respeto, pero también ciertos sentimientos que se percibían en el aire.
Sin embargo, algo conmocionó la quietud de ambos ante un hecho que marcó la historia de Helam. A orillas del río se encontraban partes de un cuerpo que estaba en los inicios de la descomposición. Bastián, observó detenidamente la escena, y vio en el brazo una marca específica que identificaban el cadáver. Su rostro se descompuso al ver que esa marca era de Theo, su hermano y príncipe, un caballero de gran magnificencia que acompañaba a Bastián en las decisiones del pueblo y su gobernabilidad.
Se llamaron a varias personas para recoger los restos del cuerpo de Theo, y se observó el rostro de Bastián funesto ante el panorama. Recordaba la mañana en la cual su hermano se había preparado para ir de caza, diciendo que no era necesario de su compañía para iniciar el viaje. Su agitación lo llevó a pensarse quién había osado a tal acto. Después del levantamiento, comenzaron con las exequias del cuerpo y destinaron su alma a la eternidad junto a Dios, el padre de todos los hombres.
Cada día, en el encierro de su habitación, Bastián observaba el alba alzarle en las alturas, y se preguntaba mirando por la gran ventana cómo la vida del hombre podía ser tan corta para disfrutarla. No obstante, el tiempo se convirtió para él en algo vacío, después de verse sin la compañía de alguien que compartía su sangre y sus aventuras.
El pueblo se levantó ante los sucesos acaecidos y pidieron a los reyes, una justa medida para la protección de las familias que habitaban en el reino, pues era probable que alguien externo, había irrumpido la tranquilidad que por siglos había mantenido Helam. Bastián, reunió e instauró una junta para dar con el responsable del asesinato de Theo.
Annya, acompañaba las largas reuniones, pero su rostro se observaba frío y de una serenidad vacilante. Las personas observaban en ella un símbolo de belleza, pero más aún, cierto misticismo por la mirada penetrante y profundamente vacía. Ella era una mujer solitaria, que habitaba el primer castillo construido en el poblado, era la actual reina. Sus padres habían abandonado el mundo desde que ella cumplió 13 años de edad, producto de una enfermedad. La infancia de Annya, estaba llena de misterios, pues se decía que era la única en el reino quien había descubierto civilización más allá de los límites de Helam y, por lo tanto, había conocido la maldad en su cuadro más perfecto. No obstante, nadie conocía su sombría vida antes de Helam, y solo veían que su humanidad se iba perdiendo con el tiempo.
Así, iniciaron la búsqueda de los responsables del asesinato. Interrogaron a cada mujer, hombre, joven y niño, sin encontrar algún rastro o siquiera indicio. Una de las esperanzas que encontraba Bastián para sobrellevar el impúdico acto hacía su hermano, era entregar sus pensamientos y plegarias al dios que por siglos había adorado su pueblo, para eliminar así el dolor y la soledad.
Habían pasado varios días y Bastián con pocas ilusiones, decidió en una noche de luna, tan diferente de todas las noches, arrodillarse en medio de la llanura cerca del castillo, pidiendo en oración que fuera iluminado por la luz de la verdad. Tanto tiempo quedó tendido en el suelo para recibir revelación que quedó profundamente dormido y entonces, en su mente, lejos de la realidad, unas figuras se dibujaban en sus sueños. Era Annya que recorría tan serena y con tanta delicadeza todo Helam, su sonrisa era frívola y su piel tan pálida que aparentaba el color de la luna de aquella noche. En el sueño ella se acercaba y le perturbaba su tranquilidad con gestos y movimientos paranormales. Aquella presencia era temible, y lo único que deseaba Bastián en ese momento era poder despertar de la ensoñación y olvidar esa fantasía que su cerebro había recreado.
Cuando abrió los ojos, observó que se aproximaba Annya hacie él, con un vestido tan largo que se arrastraba por los suelos, el cabello completamente suelto y tan rojizo como un eclipse de luna, quien con el mismo semblante frívolo que en el sueño, le extendió el brazo para que Bastián pudiera observar lo que a ella le atormentaba por tanto tiempo. En ese momento, vio en un pequeño lapso lo que sería una visión, en donde toda la vida de la doncella antes de Helam, se le presentó ante sus ojos: Ella, con su espíritu combativo luchando junto a ejércitos de reinos lejanos y su mente perturbada por la sangre derramada de las guerras a través de los siglos. Bastián comprendió por primera vez, que su cuerpo estaba pagando el castigo más grande de todos: La eternidad. Sintió toda la tristeza y soledad que inundaba a Annya, pero también todo el odio hacia sí misma que reprendía cuando derramaba la sangre de aquellos soldados inocentes y lo que menos esperaba Bastián, el momento en que, bajo sus propias manos, arrancó la vida de Theo, sin ninguna causa y sin ninguna marca de remordimiento.
Como resultado, Bastián gritó tan fuerte que sus pulmones lo dejaron sin aliento. No podía creer lo que sus ojos habían visto. Por lo cual, se causaba dolor para saber que lo que estaba viviendo solo era el producto de una terrible pesadilla, pero no despertaba. y ella seguía observándolo con su penetrante mirada que no dejaba ver ningún rastro de humanidad, pero en el cual se observaba todo el vacío de la eternidad.
En un instante, ella se arrodilló junto a él, y en el silencio de la noche, acercó sus labios a los suyos y sintió después de siglos de tortura, el amor y la calidez humana. Fue el acto más puro y noble que su eterno corazón había realizado. Entonces de repente, un viento fuerte envolvió el cuerpo de la doncella haciendo que se alzara por los cielos y desapareciera en un intervalo de segundo, para siempre.
Bastián cayó inconsciente y a la mañana siguiente cuando despertó, justo cuando el sol desprendía fuertes rayos de luz en su rostro, se vio rodeado de naturaleza y lejos de Helam. La maldición ahora se había apoderado de él, la eternidad lo acompañaría y era su deber mantenerse lejos de los límites de la locura.
Fin